Era la mujer ideal, la que había soñado toda su vida. Compartía la belleza de Alicia Clary, pero su alma era grande, poseía más conocimientos que la generalidad de los varones y unas convicciones que la hacían estar por encima de la inmensa mayoría de los seres vivos.

-¿La inmensa mayoría? –pensó como entre brumas. –Por encima de la totalidad. Junto a la mayor belleza humana tiene la perfección de la inteligencia artificial.

Su gesto era dulce, sus labios bellos, sugerentes, tiernos, sus ojos entrecerrados le mantenían unido a la vida.

Creyó decir “bésame” y sintió los labios de Hadaly posarse en los suyos, la mano de Hadaly acariciarle la sien, el aliento de Hadaly darle el último calor.

No había encontrado los magníficos tesoros que le habían contado en la infancia, ni la gloria literaria –esa cortesana sin luces que juega a los dados- le había señalado con el dedo, pero iba a morir feliz, sin saber quién estaba en realidad en la pobre habitación velándole en cuerpo y alma.

Iba a dejar la absurda realidad con un beso de Hadaly.

Cuando Villiers de L’Isle Adam dio el postrer suspiro, la felicidad que le regaló Hadaly hizo que no lamentara desvanecerse en la nada.