Afirmar que era bella es decir poco. Excedía los cánones de belleza del S.XXI. Aquellas privilegiadas que entre las mujeres consideradas guapas, afortunadas, llegaban a lo más alto de la lista de belleza, parecían una niñas raquíticas al compararlas con ella; en sus formas perfectas empezaba la escala de valores en la que ella y casi nadie más podría entrar. Sin duda no se molestó en presentarse a Miss Mundo por no considerar a nadie digna de competir con sus formas. A su lado las más perfectas modelos de alta costura eran sacos de huesos, choricillas resultonas, sin más. Una señora jaca, como las mejores yeguas jerezanas de carreras o preparadas para exhibiciones de doma. Pero en mujer. Se puede figurar. Debía dar por hecho que los hombres, los machos, eran inferiores, una especie boba y ajena, porque jamás vi a ningún tipo contemplarla sin dejar caer el labio inferior babeante y abrir los ojos desmesuradamente.

Yo no sabía nada de su pasado, ni quería saberlo. Acababa de cumplir, soltero y afortunado, cuarenta años y mi pasado de galán sin problemas financieros ni amorosos me había creado una capa de escepticismo por la cual nada de cuanto pudieran contarme me podría importar. Si alguien hubiera pretendido que no me interesara íntimamente por ella aduciendo algún vicio, alguna tara, un pasado terrible, habría pedido a mi cocinero que le hubiera echado de mi residencia sin miramiento alguno. Porque era la perfección; acababa de cumplir los veinticuatro años, tenía una perfecta piel tersa, blanca, brillante, como si hubiera vivido en Siberia, una de esas pieles perfectas que imaginamos en las eslavas más superiores. Su melena, de un rubio pajizo deslumbrante, era suave, más que la mejor tela, y si bien su cabello resultaba finísimo al tacto, tal era la cantidad que poseía que parecía una de esas melenas imposibles logradas sólo a costa de extensiones falsas. Pero no, era suyo; suyo y perfecto. Sus ojos… debería inventar palabras para definirlos, el idioma es tan mínimo en ocasiones, eran de un azul clarísimo y brillante, como si se vieran a través de un agua purísima y casi helada. No se podían mirar fijamente, porque mi alma salía y se resbalaba hasta el fondo infinito de aquellos ojos. Su naricilla, breve, fina y respingona, hubiera sido el modelo ideal para Fideas, Donatello, Miguel Angel o Cellini. La diosa antigua que causaba la perdición de los hombres que Merimée describió en uno de sus relatos, hubiera aceptado ser convertida en polvo a cambio de un día esa nariz. Y los labios, me estremezco al pensar en ellos, corre electricidad por mi cuero cabelludo, por mis brazos, se contrae mi cuerpo, jadeo, mire como tiemblan mis manos al pensar en sus labios, como surge la saliva en mi boca. No puedo casi hablar. No eran de esos labios casi perfectos salidos de los mejores quirófanos; en absoluto. El mejor cirujano hubiera dado su vida por delimitar aquellos labios alargados, regordetes, siempre húmedos. Cien veces me pregunté qué cruce genético habría dado origen a aquella perfección de rostro, de pómulos ligeramente abultados, de hoyuelos pícaros. Pero aquello era como el aroma del mejor armagnac. Tenía que venir el primer trago, el sentido de la perfección acariciando tu lengua. Como ese trago que se recuerda toda la vida eran sus senos. Cualquier comparación con las cúpulas de las más grandiosas catedrales, que hacen los poetas en honor de sus amadas, sería infantil. No lo intentaré describir. ¿Para qué? Es como cada vez que alguien intenta hacerte comprender la existencia de su dios con palabras y sólo consigue con sus homenajes que descreas más aún. Esa perfección de formas, redondeadas, duras y elásticas al mismo tiempo, como de niña aún, esos pezones largos, duros, sensibilísimos, esas areolas grandes de un rosa oscuro. ¿Qué podría yo, simple mortal intentar decir? Si intentara describir su vientre plano, pero no uno de esos vientres trabajados en un gimnasio o en una piscina, sino un vientre liso, elástico, redondeado, que era así porque sus padres le dieron unos genes imposibles de repetir… con esa piel blanca, casi transparente, que al tocarla me disparaba la adrenalina y los latidos en las sienes, si yo intentara describirlo… ¡Sería ridículo, merecería la muerte sólo por pretenderlo)! Pero, ¿por qué hablo de tanta belleza de su rostro, por qué seguir con esas mil dotes magistrales que hacen casi olvide la maestría de su cuerpo, esa humedad y esa temperatura perfectas? El mismo intento de describir aquella perfección sería como un niño escribiendo una redacción sobre la belleza que el Partenón pudo tener en su día. Porque además de ser la más bellísima jaca, la hembra más sensual que dieron los tiempos, ante cuyo esplendor las musas de los poetas más sublimes se pudrirían de celos, era una mujer inteligente, que comprendía el mundo, a la que no era necesario casi hablar; y culta, culta como pocos hombres lo han sido. Hablar con ella era escucharla, sólo escucharla, en pleno deleite. Cualquier cuestión de la que hablara la dominaba a la perfección. Aseguraba que había leído más de tres mil libros y la creía. Era una experta en la literatura del Siglo de Oro Español, en el XIX francés, hablaba de escultura, de arquitectura y de urbanismo con tal aplomo que yo, hombre de inmensa cultura y que ha viajado y conocido cuanto es necesario, la adoraba como a esa profesora que nunca tuve y hubiera querido tener para amarla. Oírla desgranar las ventajas de las terapias genéticas y de la clonación reproductiva, con los argumentos del mayor científico, pero explicados como a un adolescente, o hablar de la necesidad de derruir la mayoría de las ciudades de occidente y reconstruirlas al modo del París de Haussman, con datos irrevocables, o razonar la necesidad de que tuviéramos un siglo civilizador para continuar el camino evolutivo del hombre, desde el animal hasta el ángel, con expresiones que ningún líder religioso hubiera podido rozar… me hacían adorarla como nadie ha merecido adoración.

Comprenderá que cuantos se acercaban a intentar hablarme mal de ella, no lograran ser oídos, y que fueran expulsados de mi círculo de amistades. Un día, en la televisión mencionaron su nombre; esa simple mención hizo que la desconectara y que dijera a mi cocinero que se la llevara de mi casa. Prohibí la entrada de prensa en casa, me negué a cualquier forma de recibir información, porque lo mejor de todo era que ella me trataba con el mayor mimo, destrozando la imagen de las mejores geishas, que gozaba de mi cuerpo con una furia y una sensualidad que nunca había imaginado a pesar de estar con amantes casi perfectas. Era el cielo que las religiones ofrecen a los creyentes, pero yo lo tenía de verdad. Comprenderá que cuando un amigo me llevó a casa una revista de aquella época en que ella tenía dieciocho años, en la que se la veía completamente desnuda, con comentarios tan elogiosos como vulgares, hablando de su perfección, cuando me gritó que había estado seis años en la cárcel por un crimen, no mirara aquellas fotos, no le escuchara, y golpeara a mi amigo antes de desterrarle de mi mundo. Aquella noche ella me amó, cómo… Nada diré. Es imposible. Cuánta ternura en sus ojos, cuánta pasión. ¿Cómo explicar las crestas del placer al que sólo se puede llegar con una diosa?

En ocasiones ella intentó hablarme de su vida anterior. Juraba que su vida y su belleza no era la perfección que yo soñaba, sino un ser inferior no merecedor de mi amor. La hacía callar. Prefería morir en una ficción perfecta a vivir en una realidad normal.

Tanto la amaba que un día llegué a casa con mi testamento. Había organizado todo de tal forma que a mi muerte, ella se quedara con mis posesiones, cuantiosas, pero que no me daban la felicidad que ella si sabía darme. Estábamos sentados en la cocina, haciendo el segundo desayuno de la mañana, cuando lo vio. Lloró de emoción, me besó con sus labios perfectos y amados, se alejó hacia el aparador entre sollozos. ¿Cómo no adorarla? Me acerqué hacia ella, lleno de amor; ella se volvió de un modo rápido y con un cuchillo de hoja fina y larga me asestó un golpe casi perfecto que hubiera debido ser mortal, pero que pasó a sólo dos milímetros de mi bazo. Miré el chorro de sangre, ella se movió a su derecha, y en aquel fatídico momento, descargué toda la fuerza de mi brazo derecho en un puñetazo en la barbilla que la hizo salir despedida hacia atrás. Dicen que al caer se golpeó en la base del cráneo y murió en el acto. Es lo que me contaron, al menos, cuando volví en mí. En la habitación de un hospital custodiado por un policía. Mi cocinero me salvó; encontró mi cuerpo herido, llamó a una ambulancia…

Comprenderá que me arrepienta. Hubiera debido dejarme morir a sus manos. Mi respuesta fue un acto reflejo. Incluso así lo comprendió el juez, que me liberó. Hubiera debido morir con la imagen de sus labios sorprendidos, de sus ojos expectantes, de sus cabellos flotando, de sus senos brillantes y sus pezones duros bajo la camiseta de seda. Hubiera tenido una imagen perfecta para la eternidad de la nada. Ahora… ahora, sólo tengo la vida. Sólo tengo la vida. ¿Comprende? Soy el peor criminal de todos los hombres y mi condena es vivir sin ella.

 

Extraído del libro Extraña noche en Linares

Ilustración de Max Sauco