Me hizo posar desnuda, con un cuervo sobre uno de mis hombros. Hacía frío en su estudio y sentí mis senos duros y mis pezones erectos, la piel erizada. Me puso un collar de perlas al cuello. Quedó satisfecho de cómo estaba todo. Se alejó con paso indeciso hacia su cámara, se giró, se colocó tras el objetivo y me pidió con voz trémula que cerrara los ojos.

Entre los disparos de su cámara fotográfica sentí sus jadeos. Sabía que estaba excitado y eso me hacía sentir poderosa. Sin moverme, sin hacer nada, sólo con mi belleza, él era un hombre convulso, un esclavo. Entreabrí los ojos y contemplé el efecto que hacía en mis pezones el bálsamo que me había frotado. ¡Creí que iban a reventar! En cierta forma, yo también estaba excitada.

En ese momento escuché un golpe fuerte, pastoso, como de un saco de grasa, y un ruido metálico. Algunos papeles cayeron revoloteando lentos de la mesa que tenía a su lado. El cuervo aleteó asustado, saltó lejos de mí. Contemplé sobresaltada; aquel tipo estaba en el suelo, sin duda exánime.

Me acerqué a él. Había dejado de respirar. Tenía que actuar rápido. Extraje la cartera de su pantalón y saqué el dinero que me debía por mi trabajo de modelo. Era el segundo fotógrafo que se moría en lo que iba de año. Me repugna el modo en que son incapaces de controlar sus instintos.

–Todos los hombres son unos simples mamíferos. –Dije despectiva. Me puse mi vestido de tirantes y salí dejando la puerta abierta. El aire tibio de la calle era agradable. Quizá debiera cambiar de profesión.

 

Extraído del libro Extraña noche en Linares